El símbolo más claro de la guerra
GUARDIA DE ASALTO EN LA CALLE DE LA DIPUTACIÓ Una imagen que se ha convertido en un icono de la guerra civil. Entre las copias originales sobre papel halladas recientemente figura esta conocida fotografía de los combates en las calles de Barcelona en julio de 1936. Foto: CORTESÍA DEL ARCHIVO CENTELLES• El compromiso de servicio de Centelles lo convirtió en el más destacado testigo gráfico del conflicto bélico
LAURA Terré
PRESIDENTA DEL CENTRO DE FOTOGRAFÍA DOCUMENTAL DE BARCELONA
PRESIDENTA DEL CENTRO DE FOTOGRAFÍA DOCUMENTAL DE BARCELONA
La guerra civil española fue terreno de ensayo para los reporteros de todo el mundo en un nuevo género que nacía justo entonces: la fotografía de guerra. Los fotógrafos vivían momentos convulsos y para ellos la cámara era algo parecido a una arma. Los disparos no iban dirigidos a la realidad que querían mostrar, sino al espectador que tenía que percibir claramente no solo una situación o un ambiente, sino una idea clara de las motivaciones y las consecuencias de todo aquello que estaba pasando.
Esta idea la habían vivido los fotógrafos con su experiencia en combate y después intentaban reencontrarla para poderla fotografiar. Y a veces, cuando tardaba en repetirse, la debían montar.
Así como al cine siempre se le ha permitido el montaje y la escenificación para narrar una situación --pensemos en El acorazado Potemkin-- a la fotografía siempre se le ha pedido que sea acta de la realidad, sin manipulación, una huella del momento fugaz. De otra forma no se la puede considerar como un documento de lo que ha pasado.
Esta polémica acompaña a la fotografía del guardia de asalto que Agustí Centelles hizo en la calle de la Diputación de Barcelona, el 18 de julio del 1936. Pero no es el único caso en que una fotografía de un hecho reconstruido se haya convertido en un documento para la historia. Es famosa también la polémica que ha suscitado la fotografía del miliciano muriendo cerca de Cerro Muriano, en 1937, de Robert Capa, el autor al que siempre se le quiere comparar al reportero catalán.
A pesar de todo, los símbolos más claros de lo que fue la guerra civil en Barcelona los consiguió Agustí Centelles, y no tomando instantes en plena acción. Las escenas de más impacto que había experimentado en la refriega después las reproducía, llenas de detalles significativos que sería imposible controlar con una instantánea al azar.
¿Cómo sabemos que esta fotografía es un montaje? El propio autor lo explicaba riendo. Pero no es necesario preguntar: es fácil deducirlo observando la fotografía con inteligencia. Si analizamos el punto de vista del fotógrafo, que es lo primero que hay que hacer cuando vemos una fotografía, notamos que el autor está situado en medio de la calle, ¡como blanco para el fuego enemigo! Ningún fotógrafo estarían tan loco como para ponerse en peligro para hacer una fotografía.
¿Y si se hubiese parapetado detrás del soldado? Entonces la foto no mostraría todos los detalles que la hacen significativa. El fotógrafo espera a una hora del día en que el chaflán esté medio al sol, medio a la sombra, con el objetivo de crear un eje vertical que divide la fotografía en dos. Al guardia lo coloca, evidentemente, en la sombra, amparado de la luz rasante que simboliza también la violencia del fuego.
Un detalle humorístico, del que Centelles seguro que era consciente, son las huellas de los disparos en la pared en la cual se esconde el soldado, mientras que en la pared al sol, bajo la bayoneta, llenando el espacio vacío de luz del plano de pared del enemigo, se puede leer FIAT, con un cochecito dibujado por un niño. La palabra cambia su sentido y saca su raíz latina: Fiat, es decir, deja que se haga. Algo que, claro, un soldado nunca se habría permitido.
EL HOMBRE DE LA CALLE
Es evidente que al fotógrafo no le interesaba la acción, y todo gira en un plano simbólico, meditado, fluyendo de los detalles que describen las costumbres y la procedencia del hombre armado. Los soldados siempre van uniformados. Este, en cambio, va en camiseta y lleva el cinturón para la munición y la pistola enrollados entre los tirantes. En la cabeza lleva una gorra con insignia, mientras que del codo le cuelga un casco, donde guarda realmente la munición, lleva el uniforme sin ningún sentido de la disciplina.
Agustí Centelles era un hombre de un gran sentido del humor y de mucha humanidad. Este icono no rehuye el humor, pero no deja de ser dramática. Centelles se limitó a fotografiar lo que había visto: el hombre de la calle que se ha de hacer cargo del destino de su país.
LICENCIA PARA LA FICCIÓN ¿En qué momento lo hizo? ¿Mientras estaba sucediendo o poco después? ¿Tiene esto importancia cuando el margen de tiempo es tan corto para un testigo? ¿Es imprescindible una sincronía exacta entre el hecho y la imagen para producir una buena fotografía? Es decir, ¿es imprescindible fotografiar el tiempo real o se puede posponer el momento? ¿La fotografía siempre ha de ser una sorpresa? ¿El fotógrafo ha de sorprenderse a sí mismo o ha de ser una especie de mago para predecir lo que ha de pasar?
Los fotógrafos que han entendido el sentido de la fotografía como instrumento social no se preocupan de estas cuestiones. Buscan obsesivamente aquello que han vivido con emoción. Signos que se repetirán constantemente en su obra porque de hecho los han visto muchas veces repetidos. E incluso podemos creer que los buenos fotógrafos tienen una capacidad especial para suscitar aquello que ha perdido la probabilidad de volver a pasar. Incluso no nos preocupa cuando hacen una reconstrucción, y les damos la licencia para introducir la ficción.
EL PAPEL DEL FOTÓGRAFO
La condición para que una reconstrucción llegue a tener el mismo valor documental que una instantánea sin preparar es la honestidad. De alguna manera, el valor documental de una imagen se desplaza de la foto al autor: reduciendo la importancia de la fotografía como prueba y haciendo crecer al fotógrafo como testimonio.
En este caso, Agustí Centelles se ha convertido en el más grande testigo de los hechos de la guerra civil debido a su compromiso de servicio, su responsabilidad respecto a la memoria colectiva y su humildad al esconderse detrás de la importancia de sus imágenes. Quizás no fue siempre fiel al instante, pero nunca traicionó su mirada.
Fuente: El Periodico
Esta idea la habían vivido los fotógrafos con su experiencia en combate y después intentaban reencontrarla para poderla fotografiar. Y a veces, cuando tardaba en repetirse, la debían montar.
Así como al cine siempre se le ha permitido el montaje y la escenificación para narrar una situación --pensemos en El acorazado Potemkin-- a la fotografía siempre se le ha pedido que sea acta de la realidad, sin manipulación, una huella del momento fugaz. De otra forma no se la puede considerar como un documento de lo que ha pasado.
Esta polémica acompaña a la fotografía del guardia de asalto que Agustí Centelles hizo en la calle de la Diputación de Barcelona, el 18 de julio del 1936. Pero no es el único caso en que una fotografía de un hecho reconstruido se haya convertido en un documento para la historia. Es famosa también la polémica que ha suscitado la fotografía del miliciano muriendo cerca de Cerro Muriano, en 1937, de Robert Capa, el autor al que siempre se le quiere comparar al reportero catalán.
A pesar de todo, los símbolos más claros de lo que fue la guerra civil en Barcelona los consiguió Agustí Centelles, y no tomando instantes en plena acción. Las escenas de más impacto que había experimentado en la refriega después las reproducía, llenas de detalles significativos que sería imposible controlar con una instantánea al azar.
¿Cómo sabemos que esta fotografía es un montaje? El propio autor lo explicaba riendo. Pero no es necesario preguntar: es fácil deducirlo observando la fotografía con inteligencia. Si analizamos el punto de vista del fotógrafo, que es lo primero que hay que hacer cuando vemos una fotografía, notamos que el autor está situado en medio de la calle, ¡como blanco para el fuego enemigo! Ningún fotógrafo estarían tan loco como para ponerse en peligro para hacer una fotografía.
¿Y si se hubiese parapetado detrás del soldado? Entonces la foto no mostraría todos los detalles que la hacen significativa. El fotógrafo espera a una hora del día en que el chaflán esté medio al sol, medio a la sombra, con el objetivo de crear un eje vertical que divide la fotografía en dos. Al guardia lo coloca, evidentemente, en la sombra, amparado de la luz rasante que simboliza también la violencia del fuego.
Un detalle humorístico, del que Centelles seguro que era consciente, son las huellas de los disparos en la pared en la cual se esconde el soldado, mientras que en la pared al sol, bajo la bayoneta, llenando el espacio vacío de luz del plano de pared del enemigo, se puede leer FIAT, con un cochecito dibujado por un niño. La palabra cambia su sentido y saca su raíz latina: Fiat, es decir, deja que se haga. Algo que, claro, un soldado nunca se habría permitido.
EL HOMBRE DE LA CALLE
Es evidente que al fotógrafo no le interesaba la acción, y todo gira en un plano simbólico, meditado, fluyendo de los detalles que describen las costumbres y la procedencia del hombre armado. Los soldados siempre van uniformados. Este, en cambio, va en camiseta y lleva el cinturón para la munición y la pistola enrollados entre los tirantes. En la cabeza lleva una gorra con insignia, mientras que del codo le cuelga un casco, donde guarda realmente la munición, lleva el uniforme sin ningún sentido de la disciplina.
Agustí Centelles era un hombre de un gran sentido del humor y de mucha humanidad. Este icono no rehuye el humor, pero no deja de ser dramática. Centelles se limitó a fotografiar lo que había visto: el hombre de la calle que se ha de hacer cargo del destino de su país.
LICENCIA PARA LA FICCIÓN ¿En qué momento lo hizo? ¿Mientras estaba sucediendo o poco después? ¿Tiene esto importancia cuando el margen de tiempo es tan corto para un testigo? ¿Es imprescindible una sincronía exacta entre el hecho y la imagen para producir una buena fotografía? Es decir, ¿es imprescindible fotografiar el tiempo real o se puede posponer el momento? ¿La fotografía siempre ha de ser una sorpresa? ¿El fotógrafo ha de sorprenderse a sí mismo o ha de ser una especie de mago para predecir lo que ha de pasar?
Los fotógrafos que han entendido el sentido de la fotografía como instrumento social no se preocupan de estas cuestiones. Buscan obsesivamente aquello que han vivido con emoción. Signos que se repetirán constantemente en su obra porque de hecho los han visto muchas veces repetidos. E incluso podemos creer que los buenos fotógrafos tienen una capacidad especial para suscitar aquello que ha perdido la probabilidad de volver a pasar. Incluso no nos preocupa cuando hacen una reconstrucción, y les damos la licencia para introducir la ficción.
EL PAPEL DEL FOTÓGRAFO
La condición para que una reconstrucción llegue a tener el mismo valor documental que una instantánea sin preparar es la honestidad. De alguna manera, el valor documental de una imagen se desplaza de la foto al autor: reduciendo la importancia de la fotografía como prueba y haciendo crecer al fotógrafo como testimonio.
En este caso, Agustí Centelles se ha convertido en el más grande testigo de los hechos de la guerra civil debido a su compromiso de servicio, su responsabilidad respecto a la memoria colectiva y su humildad al esconderse detrás de la importancia de sus imágenes. Quizás no fue siempre fiel al instante, pero nunca traicionó su mirada.
Fuente: El Periodico































ir cabecera
0 comentarios:
Publicar un comentario